Es curioso como cambian las cosas de un momento a otro y como a menudo se puede recibir un excelente y sublime guantazo de realidad.
Encontrábame yo sumido en la especulación de ir labrando las tierras para cortejar a una conocida en la que su especial belleza era superada con creces por su sensibilidad e inteligencia, para ir directo a una relación estable si ella estuviera dispuesta y las circunstancias dieran fe de ello, cuando de repente me entero que ya tiene un agraciado novio que espero, deseo y supongo que es un buen chaval (es de esas, me da a mi, que se va con tipos que no son capullos; difíciles de encontrar y poco cotizados por alguna enfermedad mental que portan la mayoría de las personas) y no siendo yo uno de esos de laxa moral que detestaría ser engañado pero que sin pensarlo dos veces asaltarían a la novia de otro con sus anzuelos (aunque la culpa de picar sería de la deshonesta mente de la fémina y no del caballero con pene en ristre y glande por cabeza) ya me niego en rotundo a jugar al dulce baile al que me disponía embarcarme con tranquilidad y con gustosa lentitud.
Me situaba justo ahora en esa posición intermedia que tras pasar el goce superficial de los ojos y la laxa conversación facilona, miraba de frente esa puerta que al abrirla no hay retorno y que el enamoramiento es lo inevitable, pues ya sentía su olorcillo saliendo de la luz intensa que por el suelo escapaba y me atraía a girar ese pomo.
Me he emborrachado de tanta realidad de golpe que se me olvidó la resaca que da el darse cuenta tan bruscamente, a base de botella tras botella, de lo que es la vida y eso que a mi algún que otro compañero, cuatro en concreto, me ha llamado “el realista” y por desgracia no lo soy del todo y con lo que bebo diariamente ya de esta, que no suele nublar mi visión, ya siento enfermar mis mientes y dolerme el hígado porque ya más no puede sufrir el corazón.
Aun así, recordaré la curva de su hombro, su cuello de cisne y sus profundos ojos de mirada eléctrica por un tiempo con especial gusto, al menos eso me lo debe la botella.
La realidad da resaca.
